Miedo
Estáis siendo testigos de los peores días de mi vida, en mucho tiempo. Desde siempre, seguramente. Yo estoy siendo testigo de ellos como si se trataran de un mal sueño. De un terrible sueño. Lo único que cambia es que luego, al despertarme, no siento ningún alivio, sino todo lo contrario. La pesadilla es real. La angustia casi se puede tocar con los dedos.
En alguna ocasión había imaginado que esto podía llegar a ocurrir. En cierto modo para ponerme a prueba a mi mismo. Pero nunca, jamás, ni por asomo, mi reacción ante ese ensayo podría ser equiparable a lo que está pasando ahora.
Si escribo esto es porque todavía hay un rayo de esperanza. Porque sé que no todo está perdido. Pero me asusta pensar lo cerca que ha estado, lo cerca que todavía está la posibilidad que mi vida cambie para siempre de un día para otro. Que todo lo que he conseguido, todo lo que he madurado, todo lo que he aprendido en este último año no haya servido para nada. Sólo en un día. Y lo peor de todo. Por mi culpa.
No sé qué va a pasar. Si con el tiempo, dentro de unos días, veis que vuelvo con mis tonterías, con mis ironías y mis absurdeces es que me han dado una segunda oportunidad. Si no, no sé qué estaré haciendo.
No preguntéis qué pasa.
No perdáis el tiempo imaginándolo.
Un consejo: nunca tengáis miedo de ser vosotros mismos.
Nunca dejéis que el miedo viva por vosotros.
Nunca viváis con miedo.