Poder colgar tangas de mujer en el tendal de casa siempre es gratificante.
Porque si son de hombre la cosa cambia sustancialmente. Completamente. Infinitamente.
Los de las mujeres son maravillas de la técnica, pura belleza diseñada para realzar más la belleza ya existente. Eso sí, cuando la hay, porque pueden ser preciosos pero tampoco hacen milagros. Pero ese no es el caso ahora a relatar. La cosa es que tener un tanga de mujer colgado en
el tendal de casa siempre es gratificante. Hechizante. Hipnótico. Altamente adictivo. Me he enganchado a lo tonto a la serie “Perdidos”. Digo a lo tonto porque ha sido completamente premeditado. Escogí la hora, el día y el lugar. Y sabía que me iba a enganchar. Era algo obvio. A veces en la vida se necesitan este tipo de dependencias. Y si son de las que no te arruinan la misma, mucho mejor.
Uuuuiuiuuuuu, uuuuiuiuuuuu.
Uuuuiuiuuuuu, uuuuiuiuuuuu ah, ah, aaaah, ah, ah, ah, aaaah, uuuuuiuiuiuiuiuaaaaaaaa. Hace calor, hace calor.
Yo estaba esperando que cantes mi canción,
y que abras esa botella y brindemos por ella
y hagamos el amor en el balcón.
Voto a favor por lo del calor.
Voto a favor por la canción.
Voto a favor por la botella.
Voto a favor por el brindis.
Voto a favor por remodelar la casa y hacer un balcón.
Me gustan los problemas y no existe otra explicación. De lo contrario estaría en casita de mis papis, resguardado como si de una madriguera se tratara. De lo contrario nunca me habría ido a estudiar fuera. De lo contrario puede que siguiera estudiando, cualquier cosa antes que lanzarse a la jauría laboral. De lo contrario no estaría pensando en complicarme aún más. Buscando la forma de depender cada vez menos de los demás y de ser cada día que pasa un poco más mi propio jefe.
Me gustan los problemas (estoy viviendo) no existe otra explicación.
Explicaciones aparte, sigo pensando que la tierra es plana, que nadie ha pisado aún la luna, que la gravedad es una cortina de humo del FBI, que el sistema circulatorio no existe y que todos los que opinan lo contrario deberían arder en la hoguera. El pelo no se cae en otoño, ni las flores florecen (valga la floritura lingüística) en primavera. Explicaciones aparte, la lluvia es la meada de los dioses, los truenos es un pleno de los ángeles jugando a los bolos, y los rayos… nadie sabe qué coño son los rayos. Ortega y Gasset eran dos personas distintas y Vittorio y Lucchino sólo son una. Aunque parezcan dos. Sólo son una. El bajito es un robot. James Bond existe pero no toma martinis, solo kalimotxo del Día con Cola Gold. Mi abuelo será en realidad mi hijo. Mi hijo es en realidad el cantante de Pet Shop Boys. Explicaciones aparte, sigo pensando que la pasión no tiene porqué acabarse, que la manzana puede volver desde el suelo a la rama, que correr 100 metros en 5 segundos lo hago yo a la pata coja, y sí, soy de las afueras de Bilbao. Explicaciones aparte, creo que esto, en algún momento, se me fue de las manos. No sabría decir cuál. No sabría decir cómo. He tirado la bola y he hecho tres emboques seguidos. Y eso que estaba jugando al billar. He metido un gol por la escuadra en la piscina municipal. No sabría decir por qué. He cogido tanta carrerilla que ya no puedo parar. Y joder, el precipicio está alto de cojones. Perdón. El acantilado es alto de cojones. Explicaciones aparte, no hay realidad aparte de la que yo mismo me invente. Sí, la hay. Ya sé que la hay. Pero me da igual. Ella por un lado, yo por el mío. Esta realidad es mía. Y si las flores quieren florecer en noviembre. Pues ostias! ¡¡Que florezcan!!