Silencio
Cada pueblo tiene su cementerio. Cada cementerio tiene su verja. Y cada verja de cementerio debe ser silenciosa, como si fuera empujada por una leve brisa, porque así es como son los cementerios y así son los pueblos donde se encuentran.
Hoy quise conducir hasta que se acabara la carretera, hasta que el último mar del mundo me detuviera, pero sólo pude llegar hasta ese pueblo, el pueblo de la iglesia en lo alto, de la casa anaranjada, del cordero con fecha de caducidad, del olor de hierba recién cortada, de la chimenea apagada, del ron en el alma.
Y caminé, caminé hasta que no supe qué camino tomar. Y escondido entre maleza y muros de piedra eternos se encontraba el cementerio. El de la verja silenciosa. El de la tumba de hace dos siglos. El de los cuarenta nichos vacíos esperando propietarios. Y en ese momento deseé tener mi cámara, pues una foto me hubiera ahorrado todas estas palabras. Quise no volver a pensar. Todo parecía tan tranquilo allí. Todo estaba en paz. Quise no volver a escribir pues sólo así es como se hieren las conciencias. Quise rendirme al tiempo, tirar la toalla, hacedme un hueco entre vosotros chicos, mi andadura termina aquí. Quise, pero seguí caminando. Bajé la colina y sonreí. Cuando se tiene la certeza de que se puede dar todo ya no hay porqué tener miedo. Cuando se tiene la certeza de por quién serías capaz de darlo todo ya no hay porqué tener miedo. Yo siempre lo he sabido. Pero el silencio te hace gritarlo más alto.
El silencio de la verja. La verja del cementerio. El cementerio del pueblo. El pueblo de la iglesia en lo alto. Alto, como el grito en mi conciencia.