30 de febrero
En los lamentos se nos quedan enredados los minutos de alegría. Siempre hay una pena que niega una sonrisa. Siempre hay un “pero” que destruye la frase precedente. El inconveniente no tendría que ser amar demasiado deprisa, ni amar demasiado demente. El inconveniente sería reservarse. No me hagas caso. Puede que hable de ti o puede que hable de nadie.
En el minuto 1301 de este día me quedo pensando. Toda tu risa en el fondo del mar decía un vasallo de la música, como si fuera un cuento para el fin del mundo. Disimularé un poco. Miraré a otro lado. Donde están esas llamadas que se pierden. Esas palabras que nunca salieron por no encontrar destinatario. Esa voz que no se oye pero que existe y retumba en la cabeza, en el recuerdo de un día que hubiera preferido ser 30 de febrero. Antes que sentir dolor prefiere no existir.
En el minuto 1309 de este día me quedo imaginando. Las drogas normales ya no me sirven, ya no encuentro placer en auto-flagelarme. Mi psiquiatra se ha suicidado, mi médico de cabecera es hipocondríaco. El cura de la iglesia ha confesado todos sus pecados, soy como un sordo mudo hablando solo en la parada de autobús. El 30 de febrero es el día perfecto. Debería serlo. Un día que borrase de la memoria todos los anteriores en los que hemos sufrido. Un día destinado solo para ser feliz. Y sí. Tienes razón. Ese día lo pasaría únicamente contigo. Como un paréntesis de tiempo (perfecto).