Los errores no admitidos
Desde que tengo uso de razón, es decir, desde los 14 años más o menos, me he dado cuenta que los “adultos” o simplemente las personas más mayores que yo han renegado siempre de sus errores. Si algo no iba bien, no funcionaba correctamente o surgía un problema inesperado la culpa siempre era del joven que anduviera cerca. Como si de alguna forma admitir un error les hiciera perder su autoridad. Sinceramente, yo respeto más a alguien que acepta sus fallos que a uno que los niega reiteradamente, a pesar de estar clarísimo que la culpa ha sido de él. El que actúa de esta forma resulta a mi modo de ver una persona débil, sin confianza en sí misma, que no conoce sus límites y que infravalora sus virtudes. Demasiado orgulloso para reconocer la verdad pero que en su interior es un manojo de complejos. Y desgraciadamente yo he crecido y convivido con bastantes personas que cumplen estos patrones. No me han servido, por lo tanto, como modelos de persona a los que seguir o imitar. Y seguramente esa sea una de las razones, entre muchas otras, por las cuales me he pasado gran parte de mi vida buscando modelos de conducta más allá de mis familiares y allegados. A veces con más suerte que otras, tanto la literatura como el cine han ocupado el hueco de educadores, padres y amigos. Y muchas veces he aprendido cosas de la vida que nadie se atrevió a contarme o que nadie tuvo la paciencia para sentarse a mi lado y explicarme.
Ha sido un proceso de autoeducación que ni mucho menos ha terminado, y que no creo que vaya a terminar nunca. Todo esto tiene su lado positivo y negativo. Es relativamente fácil “aprender” de una película, de un artículo, de un libro. Es relativamente factible saber elegir entre tanta basura lo mejor de cada obra y de alguna forma hacerlo tuyo. Lo que ya no resulta tan sencillo es combinar esa fantasía que uno considera esencial y compartirla con un mundo lleno de personas de carne y hueso, con sus problemas rutinarios, con sus realidades que no dejan espacio a nada más, con sus errores no confesados, con unos padres que funcionan a otra velocidad, con unas exigencias tan tangibles como una patada en el culo. Es duro tener que aprender todo o casi todo de la vida por uno mismo. Es duro que tus mejores profesores sean personajes de ficción, que tus modelos de conducta sólo existan en el papel. Pero más duro es tener luego que volver a bajar a la cruda realidad y hacer como que nada ha pasado. Decir que mi modelo de persona ideal es mi padre, porque es alguien perfecto, que nunca se equivoca. De risa. Cuánta ingenuidad. Eso quedó ya muy atrás. Cuando uno descubre que le están echando la culpa de algo que no ha hecho. Y sólo porque sea más joven. Que no quiere decir más idiota.
Por eso a veces me siento como el Quijote. Viviendo en un mundo paralelo que yo sólo he creado. Viendo gigantes donde todos los demás ven molinos. Rodeado de millones de Sancho Panzas que no paran de repetirte lo asquerosa que es la realidad y a la vez obligándote a vivir en ella. Es de locos. Esos mismos Sancho Panzas que me colocaban delante de la tele para no tener que cuidarme. Esos mismos que no me contaron nada de la vida. Sólo ahora se atreven a hablar de ella. Pero no dan consejos, sólo órdenes. Porque no comprenden que pueda haber otro camino distinto. Porque quieren que tú también pases por lo que ellos están pasando. Porque saben que han cometido un error y no quieren confesarlo. Sólo quieren trasplantarlo. Y si hace falta te mentirán. Y si hace falta te dirán que trabajar 50 horas semanales durante 50 años y tener 1639820 hipotecas es lo mejor de la vida. Son los errores no admitidos. Esos que un héroe de ficción no duda nunca en admitir.
Vacazul - Vuelo