Me voy a una isla desierta
He vuelto. Se me rompió el ordenador de tanto usarlo, que diría el Julio Iglesias informático. Y en este tiempo he podido generar una ira homicida perpetua contra toda la tecnología que conviene destacar. Primero se me jode el ordenador. No puedo escuchar música. Pongo el reproductor de cds de mi hermana y cada 15 segundos decide tomar iniciativa propia y convertirse en dj por un día. El reproductor. No mi hermana. Mi cabreo aumenta. El cargador de móvil, mientras tanto, se une a los otros dos cabrones formando la Triple Alianza y decide que sólo puede funcionar en una posición exacta, con la inclinación y la fuerza justa. Y por último, tras mirar desconcertado a un lado y a otro, con el ordenador muerto, el radiocassette escracheando una canción de Muse y el cargador pitando como un loco como si le tocara la hora del baño, decido huir a la cocina para ver el capítulo de los Simpson. Y resulta que a la televisión, a esa pequeña hija de puta que es como cariñosamente me gusta llamarla, no le apetece ver Antena 3. Se sintonizan todos los canales, incluso los locales, incluso los que ni tienen licencia para emitir. Todos excepto Antena 3. Y bien saben Dios, Moisés, Buda y Susana Griso que en ese momento la vena de la frente se me hinchó considerablemente, mi cuerpo se volvió verde pistacho, destrocé toda mi ropa salvo los calzoncillos y de esa forma salí a la calle en busca de tecnología caduca y asquerosa para mandarla al infierno de la obsolescencia y así ahorrar tiempo y quebraderos de cabeza.
A todo esto, mañana es mi cumpleaños y me van a regalar un reproductor de mp3. Nunca aprenderé.
See you soon.