Todas hieren. La última mata.
Llego a casa después de hacer unas cuantas fotografías por la ciudad. Al entrar me encuentro con una agradable sorpresa. Parece ser que nuestro casero, el señor Benjamin, se queda a cenar. Siempre es un placer.
Helena lo invitó porque le pareció mal que celebráramos la fiesta del pre-verano sin él. Yo también hubiera preferido esperar, aunque fuera una semana. Pero bueno, lo mejor de todo aquello es que hoy podíamos disfrutar de una cena cordial entre amigos. Y así ha sido.
Estuvimos hablando largo rato de libros, de películas, de mujeres…Parece que el señor Benjamin sabe mucho de mujeres. Aunque, tristemente para él, por el resplandor de su mirada se diría que, sobre todo, es un experto en perderlas. Amarlas y perderlas.
Didier Benjamin de Fontanes. Ese es su nombre completo. Un tipo bonachón, cándido, con unos coloretes que delatan su gusto por las buenas cosas y con un pelo blanco y espeso que es prueba de una belleza juvenil no todavía perdida. Si cabe, perfeccionada. Madurada. Sus ojos son una mezcla de profunda tristeza y de pura y majestuosa alegría. No sabría explicarlo mejor.
Ya con la última copa de vino en la mano nos quedamos todos callados. Fue la primera vez en toda la velada. Pero no era un silencio incómodo. Todo lo contrario. Sucedió a modo de resumen, de recopilación de sentimientos, de organización de ideas. Y los tres nos dimos cuenta. Y sonreímos. Entonces Didier dejó la copa sobre la mesa, miró fijamente a los ojos de Helena y con un tono celestial y un candor único citó: “Un día, Dios dibujó la boca de Helena Seigner. Y fue entonces cuando se le ocurrió aquella extravagante idea del pecado.”
Después cogió de nuevo su copa y mirándome a los ojos dijo “salud, compañero” y bebió hasta el final. Y cuando acabó, los tres nos reímos hasta no poder respirar.
Nunca sabes cuando Didier te va a saltar con una genialidad de esas. Todas ellas memorizadas de miles de libros. Su mente es un gran archivo registrador. Y su carpeta más amplia empieza por la letra M: “mujeres hermosas, citas para”.
Más tarde, cuando las conversaciones se producían prácticamente a tres bandas y los tres éramos capaces de seguir el hilo de todas ellas sin ningún desperdicio, intenté sacar el tema de la "Promesa". Para los que os perdisteis el capítulo anterior, resulta que el señor Benjamin no pudo asistir a la fiesta pre-verano debido a que esta se produjo el 21 de mayo. Y como todo el mundo sabe en esta comunidad, cada 21 de mayo desde hace 37 años Didier Benjamin de Fontanes tiene una promesa que cumplir. Cruzar todos y cada uno de los puentes de París. Sin excepción.
Normal que uno sienta curiosidad. Pero tras formular la pregunta, lo único que pude sacar de sus labios en forma de respuesta fue: “Todas hieren. La última mata.” Y levantándose del asiento, con una sonrisa pícara en la mirada, sentenció: “Esa respuesta, si realmente deseas conocerla, tendrás que encontrarla tu solo, joven amigo.”
Al rato se marchó, acabando de ese modo otra noche increíble. Como lo son siempre las noches con nuestro amigo Didier Benjamin de Fontanes.
Bonne nuit.