Donde vivo
Donde vivo no hay mucha diversión. La gente es cerrada o al menos esa es mi impresión. Se dedican a vivir, simplemente. Quizás ni siquiera pretendan emocionarse demasiado. No vaya a ser que se desmadren sus sentimientos y comiencen a aprender lo que es la vida de verdad. Porque por mucho que nos insistan nuestros predecesores, la vida no es pagar facturas, ni hacer la declaración de la renta rutinariamente. La vida no es tener una carrera con 26 años, encontrar pareja a los 28 y casarte a los 30. No es tener dos hijos monísimos llamados Borja y Estefanía. No es llegar a casa destrozado de la oficina y sentarte en el sofá, mientras en la tele deambulan seres idolatrados, mientras tu mujer prepara la cena y quizás una vez al mes podáis hacer el amor sin que se despierte tu hija que duerme en el cuarto de al lado. La vida no es intentar llegar a viejo de la mejor forma posible. La vida consiste en derrotar el paso del tiempo cada día.
Pero eso, en mi ciudad, parece que se olvidó hace mucho tiempo. Si es que alguna vez alguien se dió cuenta de ello.
¿Qué puedo hacer? Huir. Como lo he estado haciendo estos últimos 5 años. Siempre se puede volver, pero con cuidado, esta gente tiene un truco para agarrarte...Te acomoda, te lo da todo hecho, te dice ¿para qué te vas a ir si aqui lo tienes todo?, te puede llegar a convencer, y puedes convertirte en uno de ellos. No soportan la idea de una forma de vida distinta. les asustan los extranjeros, los que han visto cosas nuevas, los que traen la maldad a sus tierras puras, los que incomodan su milenaria comodidad. Amenazan con la frase: si te vas igual la próxima vez no podrás volver...Y mientras tanto consumen el tiempo a su manera. Devorándolo poco a poco, con tranquilidad, sin emoción, para qué si tienen comodidad. Borraron del diccionario la palabra riesgo y asumieron tanto ellos, como sus hijos, que todo lo que está más allá de las montañas, lo desconocido, es y será siempre lo innombrable.
Por su propia comodidad.